Siervas de María Ministras de los Enfermos

4- Hoja Informativa

BEATA MARÍA CATALINA

SIERVA DE MARÍA

Cauce de la Misericordia divina

“Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso” Lc. 6,36

 

 

    Es el 2016 un Año consagrado a la Divina Misericordia. Un Año en el que se nos invita a profundizar en este atributo divino que debe ir impregnando nuestra vocación, siempre en camino para alcanzar, en la medida de lo humano, el ser “como el Padre Misericordioso”.

   Un atributo que busca cauce en tantos y tantos Carismas que el Espíritu Santo suscita en su Iglesia, pero que nunca llegarán a agotar la infinita misericordia divina que sólo anhela cubrir las más profundas carencias del hombre, peregrino hacia la Patria, pero tan desorientado en su camino.

    Fue la Beata María Catalina un alma profundamente enamorada de la Eucaristía, donde el amor de Dios, llega hasta el extremo.

   La Eucaristía será siempre el hilo conductor de su vida, el motor de su existencia, la gran atracción para su corazón. Su servicio, su entrega, todo se explica y se comprende desde este su amor a la Eucaristía. Su actitud ante el Señor sacramentado llamaba la atención: Una joven de Pamplona, Librada García, contaba que conoció a María Catalina, un día que entró en la Catedral de Pamplona: La encontró a las seis de la mañana oyendo Misa, con un fervor tal, que quedó profundamente impresionada y no pudo por menos que preguntar a su acompañante quien era aquella joven. Y en la misma catedral a un señor se le oyó comentar al ver esta su actitud: "Yo creí que los ángeles estaban en el cielo".

    Desde la luz que irradia sobre su alma, la adoración de la Eucaristía y la contemplación de la Virgen e impulsada por su deseo de vivir como lo hiciera María, va descubriendo nuevas necesidades en su entorno ante las que no permanece inactiva, siendo cauce de la misericordia divina: socorre a los pobres con limosnas. Confecciona ella misma ropas para los pobres, y organiza a sus expensas un grupo de jóvenes compañeras que acuden al hogar de los Irigoyen-Echegaray para poner remedio a todas las carencias que  descubren y de las que les llega noticia. Y si quienes le ayudan en este trabajo sufren también alguna necesidad, María Catalina les retribuye con generosidad.

    No le falta en el hogar familiar un dilatado campo para darse sin medida. La Familia es amplia pues la componen: Juan Pedro Alejandrino, de 30 años; Norberto de 24 y María Catalina que cuenta con 22. A ellos se suman, doña Mercedes Irigoyen ya de edad avanzada, hermana de su padre y un hermano de la madre, "el tío José Luis" subnormal profundo y una figura querida por todos. En la familia. María Catalina se desvive por cada uno.

    Cuantos la tratan quedan prendados de su bondad, su carácter firme y suave al mismo tiempo, su constancia y su tenacidad. Aparece siempre como "sin penas, alegre y con ánimo fuerte, dispuesta a acoger a todos para  ayudarlos en cuanto esté de su mano".

   Tiene tiempo para todos y, a pesar de lo que supone la atención a los suyos, siempre está dispuesta para visitar el Hospital y con delicadeza y decisión lleva a su casa la ropa de los enfermos y allí la lava y repara en cuanto necesita. Pero, lo más admirable en ella es esa sencillez con la que realiza las cosas “hacía todo con tal naturalidad que apenas te apercibías de su humildad” dice una de las testigos.

    Ya Sierva de Maria, Sor María Catalina se acercaba a los enfermos convencida de que, es el amor el que sana las heridas más profundas de la persona. Su presencia infundía fortaleza, seguridad, deseos de seguir luchando para continuar viviendo. Permanecía junto al enfermo: lo cuidaba, lo servía y oraba por él.

    Se agiganta su entrega cuando con los brotes de epidemias, todas las energías son pocas para afrontar la dolorosa situación, como durante el terrible flagelo de la gripe de 1890, que volvió a convertir en hospitales los innumerables hogares madrileños en los que se adentraba esta enfermedad.

    Recuerdan los testigos como, Sor María Catalina asistía a una familia vecina donde a la gripe, se unía el hambre y la miseria. La Madre mandaba alimentos a las hermanas, pero el destinado a Sor María Catalina, ella se lo quitaba de la boca para dárselo aquella pobre gente. Tanto que la misma familia creyó deber avisar a la Superiora, porque temían por la salud de la hermana”.

    Su presencia era como una luz que en la noche más obscura hacía presagiar la claridad de un nuevo día. Para ella la enfermedad era como el trampolín para dar el gran salto del dolor, frío y desestabilizador, convirtiéndolo en ocasión de encuentro con el Señor. Se podía decir de ella que se desvivía porque la cruz del dolor no llegara a abrumar al enfermo, impidiéndole vivir esa cita de amor con el Padre que en cada enfermedad se encierra.

    Se sentía feliz de servir así: En la noche, en la pobreza, en la entrega, en el sacrificio más oculto.   Cristo, imagen de la Misericordia del Padre, era su riqueza y su programa de vida y sólo buscaba servirlo en los enfermos.

GRACIA OBTENIDA

Esta vez es un médico que desde Cádiz, nos relata su experiencia:

    “Mi hijo de 34 años, que trabaja conmigo en el hospital como internista, comenzó con unas adenopatías (ganglios inflamados en el cuello) a las que sus compañeros médicos no dieron mayor importancia pensando que se debían a una infección banal.

     No obstante él, como no se resolvían, decidió solicitar una ecografía que dio como resultado dos nódulos tiroideos de aspecto tumoral. Se hizo una punción biopsia y los correspondientes estudios de laboratorio.

     Los médicos estaban preocupados pues mi hijo era conocido y estimado por todos. Un técnico de laboratorio que trabaja conmigo, al ver mi angustia, sacó de su cartera una estam-pa de Sor María Catalina y me la entregó diciéndome: ‘tenga, pídale, le puede ayudar’.

   Soy creyente. Le pedí con todas mis fuerzas y comencé una novena. Puedo decir que sentí la protección del cielo, pues mi hijo fue sometido a una intervención quirúrgica y el pronóstico de vida es muy esperanzador y con muy buena calidad de vida, pudiendo realizar su trabajo con normalidad”.

    “Desde esta experiencia, pude ayudar a un compañero que sufrió un accidente cerebral, ingresando en la UCI, con alteración motora y sin poder hablar. Me acordé de Sor María Catalina y pedí con fuerza su ayuda.

   Parece increíble, pero entre el tercer y cuarto día, comenzó a emitir palabras y recuperar movilidad. Hoy está muy bien y sin secuelas”. Concluye nuestro testigo:

    “La estampa que recibí, no saldrá de mi cartera nunca. A Sor María Catalina mi total reconocimiento por su valiosa y eficaz intercesión ante el Señor”.

 

ORACIÓN

Para obtener del Señor gracias por la intercesión de la Beata María Catalina.

Señor Jesús, médico de las almas y de los cuerpos que llamaste   a Sor María Catalina a consagrarse a ti como Sierva de María para que, entregada al servicio de los enfermos fuera para ellos presencia de tu amor que fortalece y sana. Concédenos esa unión contigo que llenó y movió toda su vida y, alcánzanos por su intercesión la gracia que hoy te pedimos para tu mayor gloria.

 3 Gloria  al Padre.                                                                                              (Con licencia eclesiástica)

Nota:

            Para envío de relaciones de gracias, de ofertas, etc., dirigirse a un convento de las Religiosas Siervas de María Ministras de los Enfermos o a la siguiente dirección:

Curia General

Serve di Maria

Via Antonio Musa, 16

     00161 Roma –Italia

 

 

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